Como café sin leche
y un pájaro que no pía:
no es lo mismo
aunque sea más intenso.
¿A quién se le ocurre?
Nosotros, cuando leemos poesía,
disfrutamos de una sobredosis
de sobredosis compartida.
Ya que (¡Qué cojones!,
¡Somos jóvenes!,
¿Qué nos puede pasar?)
jugamos en una liga superior
y conocemos el peligro
de no darle a la poesía
lo que quiere
cuando algo te pide.
A nosotros ya nos ha pe(r)dido la vida.
Y parece que seguimos vivos.
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