Dejadme que os cuente aquella
del fénix agotado de arder
y renacer
y renacer y arder.
Ya se la sudaba todo:
se enamoró de una pirómana.
Estaba agotado de saber demasiado,
de saberse víctima
de otros seres legendarios:
el cuélebre,
la xana,
el político honrado.
Saber que sólo de misionero
no se llega al orgasmo.
De saber lo justo.
Tal vez demasiado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario